La Sonrisa Pesada

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Mil doscientos mensajes son los que guarda el cajón bullicioso de mi celular, también conocido como WhatsApp. Sé que en ese cajón hay gente que quiere cambiar el mundo y -en efecto- gente que intenta cambiarlo a menudo. Amigos, amigas, familiares, conocidos, conocidas, fotos, videos y links.

Bullicio necesario. Gente que me necesita y que yo necesito, pero no más que a mis fuertes ganas de poder estar en silencio para observar el mundo en perspectiva. Y es este deseo, que rima con el egoísmo y la soberbia de quiénes practicamos la distancia, un grito desesperado para poder observar la realidad en perspectiva y así, poder dibujarla, retratarla, describirla, denunciarla.

Aproveché ese silencio y la distancia física y virtual, para caminar las veredas de Capital Federal y recorrer con mis ojos y con el auto los diversos paisajes que esa ciudad que pareciera dividirse en mil ciudades, tenía para ofrecerme.

Y es cierto, en efecto, que descubrí más grietas que antes. La velocidad de esa autopista en forma de montaña rusa, que quiénes gobiernan la ciudad han intentado “proteger” de la cruda verdad, esa que demuestra a pesar de las vallas, que del otro lado la villa inmensa, desafía los conocimientos en arquitectura hasta ahora establecidos, y un poco también, a la mismísima Ley de Gravedad de Newton.

O aquella realidad, que me golpeó tres veces la puerta de la consciencia, y me dijo que por más que vistiera carteras y zapatos de charol, no iba a poder ser indiferente frente a los colchones acomodados en las puertas de los bancos, esos cuya goma espuma parece rebelarse e infiltrarse por mil orificios, esos que sostienen cuerpos que no nos miran y que intentan dormir a pesar de los bocinazos, las miradas con desprecio, las culpas y la puta indiferencia.

Fue entonces cuando dejé de observar la grieta y -en cambio- ésta me atravesó por la mitad como una flecha. Y desde entonces, no existieron lujos ni gustitos, restaurantes, frigobar ni estrellas en las puertas de los hoteles, que pudieran opacar lo que se iba instalando en nuestro pecho y en nuestra memoria: cada bocado que estábamos dando era un bocado que no daba ese de afuera, cada grado que bajábamos en el aire acondicionado era un grado que subía en aquellas casitas de chapa y cartón, sin luz y quizás sin ventilador.

Pero ni en Puerto Madero ni en Recoleta, ni desde el balcón del Four Seasons creo que puedan ignorar lo que se ve desde la altura. Porque quizás la superioridad no hace más que otorgarte mayor visibilidad. Porque quizás, la altura se siente fresca pero te obliga a ver siempre, en total plenitud y nitidez, aquello que se encuentra por debajo.

Fui muchas veces a Buenos Aires pero nunca sentí lo que sentí esta vez, la obscenidad de los autos de alta gama de San Isidro y la multiplicidad de los carros de los cartoneros, todo conjugado en un mismo licuado, todo en un mismo cuadro.

Insoportable.

Así siento que se está volviendo la realidad y nuestro letargo, nuestro adormecimiento. Y no es una cuestión de menosprecio federal, no es que Córdoba esté mejor ni mucho menos. Pero Buenos Aires siempre fue para todos los que concebimos como nacionales los canales porteños, nuestra capital de la fotografía de la realidad.

Y los fotogramas de este momento son parecidos a los del 2001. Tal vez con una clase alta más alta, con una clase baja más inmediata, con una clase media más paralizada.

La gente viviendo en las calles parecen ser invisibles, igual que nuestras risas atrevidas en la sala de desayuno, esas que las flores marchitas de los floreros presenciaban y parecían odiar con intensidad. Eso mismo empecé a sentir hace algún tiempo, que frente a flores y una realidad marchita, es irrespetuoso reírse, y que hace algunos meses, ser felices es una cuestión imperdonable.

Los chistes, las sonrisas, las cosquillas, los besos y los abrazos parecen escurrirse avergonzados entre las grietas de una alcantarilla que cubre la gran cloaca que es la desigualdad social.

“¿Cómo pueden dormir en paz?” -pensé- cómo pueden dormir en paz los que miran sin ver, los que gobiernan sin gobernar, los que ocultan la miseria económica.

Un pibito de no más de 10 años me preguntó si era cordobesa. Entró a ofrecernos medias al local que estábamos vaciando porque los números no cierran. Le respondí que sí, y le dí $100 como quién pide un préstamo y disculpas por no estar haciendo mucho más para que él no tenga que salir a vender, calle tras calle, con 40 grados de sensación térmica.

Pero las autoridades no parecen estar para ese pibe, como así tampoco para los que duermen en las veredas. Eso sí, no tardaron más que minutos en llegar para remolcar el auto por bordear alguna parte de un cordón amarillo y de ese modo, garantizarse el cobro de una multa tan elevada como ridícula.

Mis enojos me jugaron una mala pasada por el calor y por la desaparición del auto, por la posibilidad de que hubiésemos sido víctimas de un robo y también por la posibilidad de que hubiese sido lo que fue: una jugada municipal.

Pero ahora que lo pienso, no fue más que mi cuerpo expresando las viñetas de esta historieta impune y sarcástica, de esta situación que te muerde la mente y te escupe el corazón.

Hoy me enteré que Milagro Sala quiso suicidarse apretando una tijera sobre su panza. Y siento que la sonrisa se me borró para siempre. Y tristemente la comprendo. Desde que la derecha llegó al poder, esa tijera nos atravesó el estómago a todos y a todas. A veces en forma de culpa, a veces en forma de angustia, a veces en forma de desesperación, a veces en forma de hartazgo.

Y por más que las grandes organizaciones confirmen que el gran desafío de este siglo es la desigualdad, y por más que ésta nos ahogue hasta en sueños, nadie parece decirnos por dónde empezar a luchar.

 

Tengo dos pequeñas certezas:

-es probable que siga aislándome de WhatsApp.

-es probable que esto también pase, porque se olvidan, porque no registran, que de la lucha venimos, de las ollas comunitarias, de los clubes de trueque, de los sindicatos tan fuertes como polémicos, de nuestras madres y abuelas que son docentes y de las otras Madres y Abuelas que son nuestras maestras.

 

Se olvidan, que nuestra lucha es mucho más que un tapado de piel y una cacerola de teflón.

 

 

 

 

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Comunicadora Social
Militante

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